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Pantallas y crianza: el virus del juvenismo

Pantallas y crianza: el virus del juvenismo
05 Dic
2022

Para La Nación Revista armé un ensayo profundo con más de dos docenas de especialistas de todo el mundo, que me ayudaron a pensar las pantallas y la crianza hoy. Quedó mucho en el tintero. Aquí la versión completa de lo que charlamos con uno de los profesionales que me acompañó a reflexionar.

Me contó Sergio Sinay, escritor con formación en sociología y psicología existencial, autor de libros como Intoxicados (Planeta):

Las pantallas y todo lo que ello significa, digamos la tecnología virtual, Internet, está aquí para quedarse. O sea, que esté aquí para quedarse quiere decir que ya es, a esta altura del siglo XXI, aunque tenga una historia mucho mas breve de lo que parece o de lo que creemos porque en realidad comenzó solamente a fines de los 90, o a mediados de los 90, está aquí para quedarse y la pregunta ahora es ¿qué hacer con esta tecnología?
Si la ponemos a nuestro servicio puede ser muy funcional a muchas de nuestras necesidades de comunicación, de creación, de realización de proyectos. Si nos ponemos al servicio de esa tecnología, lo que puede ocurrir es que consuma gran parte del tiempo de nuestras vidas, gran parte de nuestras mejores energías y que nos termine en realidad desviando de la exploración de cuál es el sentido de nuestra vida y de la posibilidad de hacer de ella una vida trascendente y seamos en lugar de sujetos que usan una tecnología en función de sus necesidades y sus búsquedas laborales, existenciales, etcétera, que en lugar de ser esos sujetos terminemos siendo objetos de una tecnología que encierra ciertos riesgos. El mayor riesgo es que esté al servicio no de las necesidades humanas sino de generar negocios y/o réditos. Ahora, ser sujetos y no objetos en la relación con la tecnología requiere atención, requiere percepción de nuestras propias búsquedas y necesidades existenciales y requiere enorme responsabilidad respecto de nuestras vidas y también de las vidas que guiamos y orientamos, como las de nuestros hijos ó de las generaciones que nos siguen.


A la conexión en principio la defino exactamente como lo que es: conexión, un fenómeno tecnológico. Y siempre me preocupa y trato de enfatizar en la diferencia que existe entre conectarse y comunicarse. Yo creo que la comunicación entre los seres humanos es un fenómeno artesanal, en la medida en que cada uno de nosotros es diferente, todo hecho de comunicación entre dos personas es diferente. Ponemos en juego distintos recursos desde verbales, orales y de expresión no verbal (o sea corporales, etcétera), emocionales, ideas… o sea, cada momento de real comunicación entre seres humanos requiere presencia, requiere de alguna manera exclusividad, en el sentido de estar con el otro, realmente estar con el otro de cuerpo presente, de mente presente y de corazón presente, dedicar tiempo, dedicar mirada, que no es lo mismo mirar que ver, porque ver es un hecho fisiológico y mirar es registrar lo que se ve, registrarlo en toda su plenitud sus cambios y sus procesos. La comunicación además de ver requiere escuchar, que no es lo mismo que oír, porque nuevamente oír es lo fisiológico pero escuchar es la recepción hospitalaria de aquello que el otro emite, incluido su silencio porque hay silencios muy comunicativos y muy cargados de significado, entonces cuando dos personas se comunican de verdad lo hacen a través de recursos no tecnológicos. Los recursos tecnológicos son recursos de conexión y hoy estamos mucho más conectados que comunicados y confundidos con la idea de que conectarse es comunicarse por lo cual abandonamos la comunicación, la reemplazamos por la conexión, que nos ofrece mayor comodidad pero también mayor aislamiento respecto del otro. Unir conexión y comunicación en un mismo acto es posible pero es todo un desafío y requiere la voluntad de comunicarse y por lo tanto de usar la conexión como un medio y no como fin.


Nuevamente es importante como padres y madres no confundir la conexión con la comunicación. Y no creer que porque nos conectamos o porque entramos en chats o en grupos de padres y madres a través de los elementos tecnológicos, estamos conectados y estamos ocupados de la crianza de nuestros hijos. Realmente nada reemplaza a la presencia, nada reemplaza a la palabra, a la mirada, a la cercanía, a lo corporal y en eso hay que trabajar porque eso forma parte de la crianza de hijos que es un trabajo; un trabajo que da los mejores frutos que podemos cosechar en nuestra vida pero requiere de tiempo, de paciencia, de presencia, de ensayo y de error y no de herramientas tecnológicas que lo hagan por nosotros.

El tema no es si se puede ponerle límites a los chicos, yo creo que se debe ponerle límites a los chicos. Cuando no se les pone límites se abandona una de las responsabilidades mayores en la misión paterna y en la misión materna, porque como padres y como madres somos como agricultores que ponen una semilla en la tierra y tienen que acompañar. Primero preparar la tierra y después acompañar el desenvolvimiento de esa semilla desde su condición de semilla hasta su condición de árbol que da sus frutos. Y en ese camino que requiere presencia, cuidado, estar ahí cuando hay plagas (que son las enfermedades), estar ahí cuando hay sequía, estar presente para que el sol sea siempre beneficioso y no queme y calcine, saber cuando poner un tutor en el principio digamos para poder acompañar el crecimiento de esa ramita endeble y cuando quitar el tutor que ya no cumple su función sino que lastima… y dentro de esa función de agricultores como padres en la crianza está también la poda, que es cortar, no mutilar, pero si cortar para que la planta no se vaya en vicio y para que la energía se concentren en la dirección que le permita convertirse en el árbol y dar sus frutos. La poda, en esta metáfora, equivale a los límites. Los padres que no ponen límites, lejos de demostrar cariño hacia sus hijos, lo que demuestran es miedo hacia ellos. Generalmente, el no poner límites es una expresión del miedo paterno a los hijos y no se puede crear con miedo, no se puede educar con miedo, porque eso significa abandonar la función orientadora, la función de líder, la función del guía, entonces poner límites es esencial y esto por supuesto incluye a los límites y a la orientación en el uso de las herramientas tecnológicas.


Es importante deslindar lo que es información de lo que es conocimiento. Yo creo que hoy estamos infoxicados, es decir, intoxicados de información a través de los medios digitales hasta punto tal que se ha perdido la capacidad de discriminar qué es importante, qué es banal, qué es superficial y qué realmente aporta ideas ó aporta herramientas para poder seguir profundizando en nuestras propias ideas y en nuestras propias reflexiones acerca de los temas. Hoy hay una verdadera epidemia de información chatarra que se confunde muchas veces cor información verdadera y me parece que es muy difícil enseñarle a nuestros hijos a deslindar, a discriminar, a quedarse con lo que realmente es importante de la información para poder generar conocimiento, porque información de por si no es conocimiento. El conocimiento es la profundización en algunos temas sobre los cuales nos informamos o para los cuales buscamos información, pero es muy difícil enseñarles a nuestros hijos a deslindar entre información chatarra e información verdadera, entre información y conocimiento si no empezamos nosotros mismos por usar los medios digitales en función de conocimiento y no de simple intoxicación informativa. Si nosotros mismos no sabemos deslindar lo que es superficial, banal, falso, especulativo, manipulador de lo que es verdaderamente aporte de información. Y para esto yo creo que también hay que hacer un uso racional del tiempo en la relación con los medios digitales porque si nos vamos a pasar la mayor cantidad de las horas de nuestros días embebidos en pantallas, sumergidos en pantallas, nos vamos a intoxicar de información. Yo creo que nos tenemos que poner un límite en el uso de las pantallas porque al ponernos ese limite también nos obligamos a seleccionar lo que vemos y a buscar realmente fuentes porque con mucha facilidad hoy viralizamos información que no es cierta, información chatarra, frases que parecen maravillosas y que son atribuidas a autores que nunca las dijeron, pensamientos que se les atribuyen a personas que nunca los expresaron sin chequear las fuentes, simplemente recibimos y repartimos sin chequear las fuentes. Y esto, en lugar de generar mejor información y mayor conocimiento, genera mayor infoxicación y también nos infoxica a nosotros, entonces para poder enseñarles a nuestros hijos un uso racional y funcional de los medios digitales en función de adquirir mayor conocimiento y no me mera intoxicación informativa, tenemos que empezar por nosotros mismos.

Todo aquello que no fue parte de nuestra experiencia vital porque no perteneció quizás a nuestro tiempo de vida, a nuestro ciclo de vida, pero de lo cual nos enteramos y supimos, lo hicimos porque nuestros mayores ó nuestros padres ó las generaciones anteriores nos lo transmitieron, nos transmitieron testimonio de eso y como ellos sí lo vivieron, compartieron esa experiencia, y al compartir esa experiencia de alguna manera nos transmitieron la emoción de la experiencia, nos conectaron con el interés por recuperarla de alguna manera y nos permitieron ser partícipes aunque no hayamos estado en el momento. Lo que pasa hoy, es que muchos padres, en la generación de padres y madres hay un virus que se ha filtrado que es el del juvenismo, hay como un temor a parecer viejo, como si ser viejo fuera una enfermedad y no un ciclo de la vida al cual se alcanza después de haber vivido otros siclos anteriores y de haber atravesado experiencias de todo tipo. En este temor a no parecer viejos se omite el relato de lo vivido para no quedar como obsoletos ante los hijos. Se omite y hay una especie de obsecuencia hacia los hijos que incluso se transmite en empezar a hablar como ellos “chabón”, etc., todo este tipo de palabras, de lenguaje, de vestirse a lo mejor como ellos, de pretender acompañar las experiencias como si tuviéramos la edad de ellos, y esto lleva finalmente a que los hijos crean que efectivamente el mundo empezó cuando empezaron los medio digitales y no conciban, o vean como verdaderos seres extraños o casi extraterrestres a quienes n hayan vivido adentro este mundo. Creen que el mundo efectivamente empezó cuando empezaron los medios digitales y que la realidad virtual es la realidad real. Si nosotros no asumimos nuestra vida, nosotros como padres, no la ponemos como testimonio de que la mesa a la que nuestros hijos se sientan es una mesa que ha sido servida de antemano por generaciones anteriores y que lo que en esa mesa se va a consumir se ha preparado también durante la vida y las experiencias de generaciones anteriores, nuestros hijos no van a aprender a dejar la mesa servida para los próximos porque van a creer que el mundo empieza y termina con sus vivencias dentro de la realidad virtual, de manera que una vez más hay una enorme responsabilidad en asumirnos como guías, como líderes, como alguien que caminan y orientan desde adelante porque han empezado tiempo antes atrás.

Es muy difícil orientar en una experiencia ó transmitir si uno omite su propia experiencia, sus propias vivencias, sus propios aprendizajes, que pueden haber sido dolorosos, también gozosos, pero si nosotros omitimos nuestra experiencia no hay nada para transmitir y no hay cómo orientar, quedamos con la memoria en blanco. Y con la memoria en blanco, o borrando nuestra propia memoria existencial, es muy difícil que podamos transmitir algo.

Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/ , Instagram @flavia.tomaello


La nota completa en: https://www.lanacion.com.ar/la-nacion-revista/el-peligro-de-las-pantallas-como-nineras-la-cocaina-electronica-nid16102022/ 

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