Adónde va la crisis política y cómo le respondemos

Adónde va la crisis política y cómo le respondemos
15 Ago
2019

Los días del gobierno de Macri están contados. La burguesía internacional le ha sacado la red de seguridad.

La resistencia que aún intenta oponer Trump y Bolsonaro no tiene asidero en la realidad. La arquitectura político-financiera montada por el FMI ha fracasado otra vez – ahora en forma decisiva. Lo demuestra la corrida cambiaria y la suba espectacular del seguro contra default, que descuenta la cesación de pagos. Otra manifestación fue el repudio generalizado de los círculos capitalistas al discurso de Macri, en el cual responsabilizó al electorado por la crisis política, para seguir gobernando como lo venía haciendo.


El ‘plan B’ que el gobierno sacó después de la manga, no durará ni un suspiro. Bonos salariales, exenciones del IVA, asignaciones sociales, son aspirinas para una economía en estado terminal. Hay un principio de colapso del comercio interno y del sistema de precios, como ocurriera en las grandes crisis que precedieron a la actual: en febrero del 76, mayo del 89, diciembre-enero de 89/90 y diciembre-enero de 2001/2. Políticamente, el oficialismo ha perdido capacidad de gobierno. La pretensión de que aquellas medidas lo dejan en carrera hacia octubre es simplemente una fantasía.


El escenario que se avizora combina los elementos de esas crisis: convocatoria de la Asamblea Legislativa para elegir un presidente interino; coalición a tres bandas (con eje en el PJ y Consenso Federal); adelantamiento de las elecciones o adelantamiento de la transmisión del mando a la primera semana de noviembre. El triunfador Alberto Fernández no tiene condiciones de aportar a la ‘gobernabilidad’ sin la mediación o el concurso de una Asamblea Legislativa. Con la continuidad del macrismo en el gobierno no se podría establecer un control de cambios; precios pactados; congelamiento de las Leliq y regulación del retiro de depósitos. Sin estas medidas, la economía enfrenta un ‘rodrigazo’, una dolarización monetaria y un derrumbe industrial mayor. La rebelión popular sería imparable.


También se ha quebrado la ilusión de una transición indolora hasta octubre, que AF vino fogoneando desde el lunes siguiente a la votación. Se ha caído la posibilidad de que el gobierno ‘se haga cargo’ hasta que el kirchnerismo ratifique su victoria en octubre. Los K deberán asumir la responsabilidad del gobierno interino que designe el Parlamento. En esta “transición”, F-F serán conminados a negociar con el FMI, Trump y la UE, más la intervención de China, que es acreedora de un préstamo de u$s14 mil millones al Banco Central y es la principal compradora de soja.


En este escenario, las masas ya se deben enfrentar a una situación social muchísimo más agravada. En forma más que temprana, el kirchnerismo ganador les exigirá que “compartan” la necesidad de “un sacrificio”. El lapso de espera para la experiencia con los ganadores ‘nacionales y populares’ se habrá acortado considerablemente.


Las ilusiones políticas de trabajadores en el peronismo se encuentran considerablemente disminuidas respecto a experiencias históricas anteriores. La presencia de corrientes clasistas y combativas es mayor que en las últimas cuatro décadas. La clase obrera aborda esta crisis con una base subjetiva más fuerte.


Después de cuatro años de pérdidas de conquistas y de ingresos, los trabajadores no tienen la posibilidad de aceptar esos pedidos de ‘sacrificios’, ni tampoco la voluntad de hacerlo. Por eso la cuestión central es la necesidad de un programa de reivindicaciones sociales y también políticas. Un verdadero programa de transición para la ‘transición’.


Solamente a través de una gran lucha, los trabajadores iremos encontrando que Argentina tiene los recursos y los medios para satisfacer esas reivindicaciones.


A la orden del día se encuentran:

El aumento de emergencia de salarios y jubilaciones del 30% y la duplicación de asignaciones y planes sociales. Ajuste de salarios y jubilaciones por inflación. Por un salario mínimo igual al costo de la canasta familiar y una jubilación del 82% móvil

Ningún despido, ocupación de toda fábrica que cierre o despida.


Apertura de los libros y control obrero de las grandes empresas.

Nacionalización los bancos sin indemnización. Estatización del comercio exterior.

Fuera el FMI. Cese del pago de la deuda financiera y especulativa.


La lucha por estas reivindicaciones, en un momento de colapso capitalista, plantea una cuestión de poder. La transición política impuesta por la crisis en desarrollo, pondrá enseguida de manifiesto que los frentes y coaliciones ‘nacionales y populares’ no tienen la voluntad ni la capacidad para satisfacer el más mínimo de estos reclamos. Lo que sí harán es valerse de la burocracia sindical para bloquear la lucha, desnaturalizar las reivindicaciones, poner el peso de los aparatos de los sindicatos al servicio del Estado y las patronales.


El desarrollo de la crisis política enseñará a los trabajadores que ninguna de las combinaciones políticas que se tejan será capaz de satisfacer las expectativas y las ilusiones en una salida favorable a los trabajadores. Esto planteará la necesidad de una Asamblea Constituyente Soberana, que revoque los poderes del estado actual y plantee la reorganización del país sobre nuevas bases.


Solamente la clase obrera tiene el interés y puede desarrollar los medios para convocar a una Constituyente Soberana. Como medio de lucha organizado para arrancar las reivindicaciones y en la perspectiva de una lucha por el poder, llamamos a movilizarnos a la huelga general; a formar coordinadoras regionales; a organizar un congreso de sindicatos y agrupaciones combativos; a reivindicar un Congreso de delegados electos y con mandato de base de la CGT y las centrales sindicales.


La bancarrota capitalista a la que asistimos no es solamente un episodio, es una tendencia histórica cada vez más acentuada en los últimos setenta años. No tiene salida para el pueblo en las condiciones históricas tradicionales.


Por un gobierno de trabajadores.


Por Jorge Altamira.

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